Estar atrapado en la selva
«Estar atrapado en la selva»
Se han usado varias metáforas para comprender cómo es la experiencia de vivir en un estado de trauma. El objetivo de estas metáforas es buscar sensibilizar y entender una experiencia que quizás puede ser ajena al lector, por lo que es válido buscar una forma más comprensible para explicar este fenómeno doloroso. Me ha parecido que el estar atrapado en una selva es una buena metáfora.
Solo imaginen lo siguiente: de un momento a otro, un niño se encuentra atrapado en una selva peligrosa. Se encuentra abandonado y se siente solo, y no hay nadie a quien pedir ayuda, y la soledad y el temor se acrecientan. Con el paso del tiempo, esta experiencia se convierte en lo que llamamos un «sentido crónico de peligro». Es decir que su cerebro, su cuerpo y su mente siempre están alertas, a la espera de que en cualquier momento cualquier peligro puede acechar, debido a que ya ha experimentado situaciones similares, tales como el verse atacado por un animal o caerse en un acantilado, o pasar horas sin poder comer o, simplemente, sentirse constantemente solo y abandonado. A estas alturas, ya el cerebro tiene registrado que el peligro es inminente en cualquier momento, por lo que la amígdala se encuentra activada constantemente, el cortisol no para de secretarse y el sistema simpático está siempre en alerta, generando una sensación de alta frecuencia cardiaca, sudoración y respiración agitada. El cuerpo, se siente siempre rígido (para estar en alerta), y la mirada está atenta y registrando constantemente el ambiente, por si algo pudiera pasar. Este estado «crónico de peligro» va paulatinamente desgastando la vida de la persona. El sistema inmunológico decae, el sistema de estrés entra en un estado de sobrecarga, el pensamiento y la planificación dejan de hacer su función (debido a que el estado de peligro/sobreactividad de la amígdala apaga el pensamiento y la reflexión). Como sigue pasando el tiempo, la expectativa de ayuda por parte de otra persona empieza a desvanecerse. El niño recuerda a sus figuras significativas, las añora, pero ya empieza a asumir que ellos no vendrán a salvarlo. A veces, también espera que otras personas, que no son sus padres, puedan venir a ayudarlo (un tío, una hermana, una profesor/a) y, al pasar el tiempo, cualquier persona que lo saque de la selva puede ser una salvación.
La actitud de estar hiperalerta sigue siendo una forma de anticipar el peligro y eso se observa en que él tiene siempre el cuerpo rígido, sobrerreacciona frente a cualquier ruido o movimiento que provenga de la selva. Su expectativa de ayuda en los otros empieza a desaparecer completamente, y eso aumenta su soledad y desesperanza)
Como el peligro
acecha y el niño ya ha vivido varias situaciones muy ries-gosas, sin darse cuenta empieza a desplegar «estrategias de sobrevivencia». Si siente que tiene la fuerza para pelear, entonces se enfrenta a sus peligros con agresión, con rabia, y eso le hace sentirse más empoderado (aunque en el fondo siga sintiendo mucho miedo). Si ocurre que el peligro es muy difícil para él, entonces escapa, y se salva momentáneamente (ambas estrategias del cerebro límbico). Pero si en ocasiones el peligro está por sobre lo que él puede manejar y ya no es posible pelear o escapar, el niño simplemente cae en un estado de anestesiamiento, en el cual se resigna para el dolor y siente que su cuerpo se enlentece, que el tiempo pasa más lento y que incluso no es a él a quien le están infringiendo daño. Su frecuencia cardiaca baja, su respiración tambien y su cerebro secreta opiáceos (que son anestesiantes naturales).
En ese momento él adopta una actitud no consciente de con-gelamiento, desconectándose de su vida interna.y de su realidad externa. Pero también adopta esta actitud de absoluta inmovilidad, quizás como una estrategia para que el atacante no se percate de que él se encuentra cerca; otras veces adopta esta aptitud congelada porque sabe que no va a poder hacer nada contra el ataque y el dolor. De ese modo, el cuerpo y el cerebro dejan de estar tan alertas, la secreción de cortisol baja, la frecuencia y la respiración también, la amígdala sigue activa, pero sin poder conectarse con la neocorteza, la que empieza paulatinamente a apagarse. Entonces, nuestro niño comienza a resignarse a que no podrá protegerse del ambiente peligroso, y su sentido de vida, su planificación para el futuro y su capacidad para buscar una solución de salida ya no parecen ser aspectos relevantes para su sobrevivencia.
En algunas ocasiones se aferra a otros animales que quizás pudieran ayudarlo, y en otras el niño hace todo lo que el animal quiere para (complacerlo,) y de ese modo evitar que no lo siga dañando. Pero el tiempo pasa y ya no son solo los animales reales a los que les tiene miedo, sino que basta sentir el crujir de un árbol moviéndose, o el olor de algún animal, o el recuerdo de un ataque, o la imagen repentina de un perpetrador para que el niño vuelva a experimentar nuevamente todo el dolor, la confusión, el miedo, casi como si su cerebro estuviera actuando de un modo exactamente igual a como ocurrió el peligro en el pasado (y el pasado se convierte en el presente). Ahora los miedos no solo vienen de la realidad externa, sino que también de su propia experiencia interna. Finalmente, el niño aprende a vivir como si no viviera realmente (se activa su sistema parasimpáti-co), como si las cosas ya no importaran (incluso aquellas que pueden ser positivas), y siente que ya no siente; quizás, para sentir algo, ahora es él quien busca pelear con algunos animales, o busca alguna comida o bebida que le permita dormir y dejar de sentir toda la constelación de experiencias físicas, emocionales y mentales que ya se han metido en su piel (viviendo solo con su cerebro reptiliano y límbico, es decir, como se verá ahora, son los cerebros encargados de las emociones, la protección, los vínculos y la homeostasis básica del organismo). En ese estado, el niño ha perdido la capacidad de diferenciar lo que es seguro de lo que es peligroso.
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